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Ultimas noticias sobre Masotta

 


Fragmento extraído del texto de Diego Peller “Walsh con Masotta” publicado en Otra Parte. Revista de letras y artes. Primavera 2007. Numero 12. Págs. 44-48.

Un intento de interrogar conjuntamente a Rodolfo Walsh y Oscar Masotta, como modo de repensar su legado.

I. Periplos. Resulta difícil imaginar dos trayectorias intelectuales y dos obras más disímiles, al menos en apariencia, que las de Rodolfo Walsh y Oscar Masotta. El primero encarna, para muchos, el paradigma del escritor comprometido, desgarrado entre el proyecto siempre pospuesto de escribir una gran novela y la decisión de sacrificar la literatura por el servicio de la lucha política. El segundo – héroe modernizador para unos, frívolo seguidor de modas teóricas para otros – condujo la entrada del psicoanálisis lacaniano en la Argentina, luego de haber transitado efímera pero intensamente por el existencialismo sartreano y la crítica literaria en la revista Contorno y por la experimentación con las artes plásticas y los medios de comunicación masiva en el Instituto Di Tella.

Sin embargo, al interrogarlos con mayor detenimiento, no son pocas las circunstancias que los aproximan. En primer lugar, las fechas: Walsh nace en 1927 y es asesinado por un “grupo de tareas” de la Armada Argentina en 1977, Masotta nace en 1930 y muere en el exilio de Barcelona en 1979. Pero, más secreta y profundamente, los acerca un movimiento análogo, un rasgo de estilo compartido: el gestodoble de fundación y abandono que una y otra vez los aleja del propio territorio y los arroja a la contingencia de un periplo cuyas estaciones no pueden determinarse de antemano. En palabras de Walsh: “En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aún ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces”. A lo largo de ese periplo, Walsh inaugurará el género testimonial con Operación masacre en 1957, participará en Cuba de la fundación de la agencia de noticias Prensa Latina en 1959, dirigirá el semanario de la CGT de los Argentinos entre 1968 y 1969, organizará – tras el golpe del 76 – la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA) y la Cadena Informativa. Masotta, por su parte, propondrá una lectura renovadora de Arlt con Sexo y traición en Roberto Arlt en 1965, iniciará la publicación periódica Cuadernos Sigmund Freud en 1971, fundará en 1974 la Escuela Freudiana de Buenos Aires y luego, ya en el exilio, la Biblioteca Freudiana de Barcelona y el Instituto Gallego de Estudios Freudianos.

(...)

Masotta con Sartre. Oscar Masotta lee el ensayo “Roberto Arlt, yo mismo” en la presentación de su primer libro, Sexo y traición en Roberto Arlt, y rompe deliberadamente con las convenciones del estereotipado género presentación de libro. Primera transgresión: Masotta, el autor, oficia de presentador. Segunda transgresión: Masotta prácticamente no habla de la obra de Arlt, tampoco comenta los argumentos de Sexo y traición... ¿De qué habla, entonces? De si mismo, Masotta practica, pues, siguiendo a Sartre, quien acaba de publicar su autobiografía Las palabras, una suerte de autoanálisis existencial. Ambos textos se presentan como despedidas: Sartre se despide de los prejuicios pequeñoburgueses; Masotta se despide simultáneamente del padre, del episodio de locura que se habría desencadenado en él tras el fallecimiento de este, del proyecto personal de llegar a ser escritor de ficción y hasta del propio Sartre. Es decir que Masotta habría roto con su figura rectora escribiendo un texto sartreano en el que narra el recorrido intelectual y biográfico por el cual se aleja del existencialismo y se acerca teóricamente al estructuralismo y a Lacan. Sólo que en el caso de Masotta este giro autobiográfico adquiere ribetes escandalosos: tiene apenas 35 años, no ha obtenido un título universitario, no ha publicado ningún libro hasta entonces; en definitiva, carece de un recorrido intelectual que pueda justificar esta puesta en primer plano de su subjetividad, su historia, sus lecturas y sus carencias de formación. Es un “bastardo”, un personaje mucho mas sartreano que el propio Sartre. (…)

 

 

Fragmento extraído del libro de Ana Longoni, Traiciones. La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión, Grupo editorial Norma, Bs. As., enero de 2007, pp. 200-201.

 

“Cualquier intento distinto de comprender al traidor entraña la posibilidad de reconocer cuánto del otro hay en uno mismo, nuestra zona gris. Dejar de pensar al traidor como un otro absoluto, que no roza en lo más mínimo nuestra experiencia, es algo que la propia literatura ha hecho. Señalaré apenas dos ejemplos clásicos de la literatura argentina en que ese ancestral binarismo es puesto en cuestión. Jorge Luis Borges imagina un argumento que concentra en “Tema del traidor y del héroe” en una única figura. Kilpatrick, conspirador irlandés del siglo XIX, es asesinado un día antes del comienzo de la rebelión victoriosa que él mismo planeará (y traicionará). Su condición de héroe público y traidor secreto es descubierta por alguien al que él mismo ha encomendado la investigación, y más tarde –gracias a las pistas que ha sabido dejar- por su propia descendencia. El traidor, al morir como héroe, no sólo queda glorificado para la posteridad sino que garantiza el triunfo de la rebelión. La intrínseca ambigüedad de su doble condición está inscripta en un único cuerpo (“el balazo anhelado entró en el pecho del traidor y del héroe”, escribe Borges). No es un traidor que simula ser héroe (ni viceversa): es el héroe y es el traidor, indisociables.

Por su parte, Oscar Masotta recurre al tópico de la traición en su análisis de la obra del escritor Roberto Arlt, considerándolo un rasgo o mejor una condición inherente de la clase media argentina. (1) En 1965, al presentar el libro con su memorable texto “Roberto Arlt, yo mismo”, confiesa que “escribir este libro me ayudó, textualmente, a descubrir el sentido de la existencia de la clase a la que pertenecía, la clase media. (...) Que en sus conductas late la posibilidad de una delación”. (2) Masotta reconoce así su condición de potencial delator (la suya, la de Arlt, la de sus personajes). Estamos ante dos perspectivas que eluden la oposición maniquea entre héroe y traidor, y que se arriesgan desde la literatura a la posibilidad de interrogarnos como sujetos más complejos, contradictorios, impredecibles e inquietantes.”

 

  • Oscar Masotta, Sexo y traición en Roberto Arlt, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1965.
  • Oscar Masotta, “Roberto Arlt, yo mismo” en Conciencia y estructura, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1969, pp.178-179

 

 

OSCAR MASOTTA, EL “SI MISMO” Y LA PRODUCCION TEORICA

Despreciado desprecio

Oscar Masotta, y también Héctor Murena, escriben sobre Roberto Arlt; para hablar de Arlt, Masotta habla de sí mismo, “usa palabras necesariamente en peligro, porque son el origen autobiográfico de la teoría”; Murena, no. Masotta, para obtener un subsidio, le pide a Murena –que es “ideológicamente correcto”– una carta de presentación: él “despreciaba a Murena, pero despreciaba la forma con que él mismo lo despreciaba”.

Por Horacio Gonzalez*

 

Rindámonos por un instante al encanto de las similitudes. Por el mismo tiempo en que Masotta publicaba Sexo y traición en Roberto Arlt, Héctor Murena escribía sobre Arlt. Al libro de Masotta le seguían unas extrañas confesiones, tituladas “Roberto Arlt, yo mismo”, que componían el discurso de presentación de su libro. Todo esto ocurre en torno del año 1963. En este escrito, se siguen las líneas de los estilos confesionales, en los que su autor deja en conocimiento público algunos hechos que, pudiendo ser impúdicos o delicados, ponen a prueba a la literatura a fin de que sea en ella que se justifique lo que de otra manera parecería oscuro o peligroso. Murena, en cambio... y ya al decir “en cambio” estamos desviando un poco el camino de la similitud –porque el mismo punto nos lleva hacia rumbos diferentes–, Murena, en cambio, reflexiona en torno del carácter “santo y profético” de la literatura de Arlt.

Leemos estas apreciaciones en unos escritos que titula El sacrificio del intelecto, en los que Murena considera que Arlt será “héroe del fracaso, será mártir”. Al lector contemporáneo no le pueden caber dudas de que Murena ha leído Saint Genet, comediante y mártir, de Jean-Paul Sartre. Sin embargo, no lo menciona, como en cambio hará Masotta apelando con exuberancia a la idea de un martirologio que construye con simulaciones el yo, es decir, una comedia del mártir, o un mártir comediante. A Murena sólo le interesa que el héroe y el mártir sean las dos caras de una misma situación. Ve en Arlt un “impulso profético” ante el cual se haría necesario sacrificar lo que la literatura tiene de canon, de estética normalizada. Nos encontramos con estas breves páginas de Murena en un escrito donde también reflexiona sobre Horacio Quiroga, otro sacrificado por el intelecto, otro escritor que en su holocausto dejaba de lado la vida organizada para dejar entrar en ella la blasfemia y la misión de exponer lo que Murena llama la “ilegalidad vital”.
Estas caracterologías de Murena están infundidas de una teoría de lo sagrado. ¿Cómo sería una teoría así denominada? Quizás, una en la que las formas religiosas del pensamiento, como la caída, la redención, el sacrificio y la profecía, pierden la lengua religiosa de un yo autocentrado, para asociar la religiosidad a la blasfemia o a la maldición como forma de conocimiento. Allí habría encontrado Murena a Roberto Arlt. La idea de un festejo secreto a las acciones del mal –entendidas como autorreflexión profunda sobre la vida– quizá no abarca enteramente todo lo que hoy podríamos decir sobre Arlt. Hay también en Arlt una serie de usos del monólogo confesional en tono sarcástico que hace al sino de su originalidad, siempre y cuando se resuelva un tropiezo llamado Dostoievski.
En efecto, la estricta relación de tramos enteros de la novelística de Dostoievski con las novelas de Arlt plantea un persistente problema, que no anula la brava invención arltiana, pero de una manera u otra habrá que dar cuenta de la existencia fastidiosa de esa manera de Dostoievski, que tarde o temprano hostiga nuestro pensamiento sobre Arlt. Murena prefiere atribuir la ostensible similitud a una relación interna entre el carácter ruso y el carácter argentino. Más sutilmente lo había dicho Borges cuando proclamó que los conspiradores de Dostoievski le parecían viejos argentinos alrededor de una mesa de discusión. Quizás –y nuevamente deberíamos decir “en cambio”–, Masotta evade el acoso de los Demonios y el Gran Inquisidor dostoievskiano, remitiendo a Roberto Arlt a una literatura de la introspección y de la locura vueltas sobre sí mismo. Roberto Arlt será así el nombre de las estaciones y el tránsito de la propia locura de Masotta.
Desde luego, en el recorrido de Oscar Masotta es posible reconocer el antiguo oficio de hablar sobre el “sí mismo”, mientras se habla sobre los avatares del mundo. Sabemos bien que en la historia del conocimiento, muchos pensaron que no era necesario hablar de sí en el mismo acto del conocer. Incluso, que este “hablar de sí” perjudicaba, con una grave carga de ensimismamiento, la dignidad de la tarea del conocer. Otros pensaron, por el contrario, que la actividad del conocer no se podía sostener sino en una simultánea exploración de los movimientos internos del yo que se lanza a la aventura del conocimiento. En este último caso nos debemos confrontar con la fundación misma de la actitud ensayística, que desde Montaigne a Foucault sostiene la autenticidad de la escritura en la capacidad de explorar la trama interna del yo, en la medida en que ésta se concibe como literaria y la literatura como un proyecto de autocomprensión que conjura la enfermedad y el desvarío.
En el caso de la introspección del escritor que da a luz sus pestilencias, siempre queda la duda sobre un conocimiento respaldado en la singularidad de una experiencia personal, de modo que esa supuesta fortaleza de veracidad que en ello verían los subjetivistas, quedaría anulada por la fragilidad de un aliento particularista que sólo nos brinda los productos de una perturbación. Y esa perturbación sólo le interesa al doliente sumido en su interioridad desdichada.
En el caso del escritor que omite las tenebrosidades de su yo, aun cuando escriba una autobiografía, el problema es inverso. Aquí la duda la inicia el subjetivista que critica el extrañamiento de las experiencias singulares, el sacrificio de las profundidades del drama personal en nombre de construir una ley general de la vida. Entonces, lanza el dardo fatal de su incredulidad sobre toda ley literaria que no tenga marcas de una vida individual e irreductible. Podemos decir, quizá, que Oscar Masotta es el nombre de una posible alternativa para resolver este dilema.

“Yo mismo”

Porque en Masotta el hablar sobre sí mismo es precondición cognoscitiva, pero su hablar sobre sí mismo no descansa en un cualquier hablar, sino en la intención de hacerlo motivo y caución de las teorías del mundo, y particularmente, de las teorías de la escritura. Para Maso-tta, el hablar sobre sí mismo no hace peligrar las teorías, sino que éstas son lo que son porque usan palabras necesariamente en peligro, siempre abismándose en el vía crucis del trastorno personal. Esas palabras son las que provienen de un estilo confesional, que se confunde con la búsqueda de una cierta autenticidad en las palabras. Palabras que han peligrado porque son el origen autobiográfico de la teoría, y aunque llevan nombres adecuados que se señalan como tales en la historia de las ideas, al mismo tiempo se recuestan sobre la forma fugaz pero resistente que adquiere una identidad personal en crisis.
En el escrito de Masotta que aquí recordamos, “Roberto Arlt, yo mismo”, hay una completa teoría de la escritura argentina, esto es, exiliada de los campos intelectuales más consagrados y existente a condición de pensar la violencia de ese exilio. Entre los tantos temas que Maso-tta trata allí, siempre como desgarro confesional, leemos la declaración de que su libro sobre Arlt, Sexo y traición..., que había sido festejado de inmediato por los lectores, no lo había escrito él sino Sartre, luego de que Masotta adquiriera el clima de ideas que se trajinaba en el Saint Genet, comediante y mártir. El mismo libro que había leído Murena para hablar de Arlt pero sin tantas penitencias morales. Sin embargo, de esa mimesis Masotta extraía más consecuencias, pues decía que, si bien las ideas eran de Sartre, el estilo de escritura, lleno de alusiones, indirectas y arabescos, provenía de Merleau-Ponty.
Es conocida la consecuencia que de aquí extraía Masotta. Se trataba de una conjunción de mundos, de un exotismo que extrañaba simultáneamente a un autor en otro, y a un tema argentino en un conflicto de ideologías literarias proveniente de la filosofía francesa. Ese exotismo que Masotta proponía era la base de un mito –en la medida que un mito puede ser el llamado a conjugar estilísticas heterogéneas–. Así, no estaba tan extraviado al pensar que ese encuentro exótico era una marca profunda de la pedagogía en el decurso dramático del intelectual argentino. De ahí que todo pensamiento efectivo consistiera en usurpar o incautar una pieza de un mundo ajena, a modo de un rescate, y extraviar una pieza del mundo propio, a modo de una reparación sacrificial. El martirologio de Masotta resultaba así más convincente que el de Murena o, por lo menos, más rico en su explicación de los movimientos de alienación exótica que había que practicar en la literatura.
Por eso había que confiscarle a la derecha la idea misma de destino –idea central en el pensamiento trágico, salvífico, tradicionalista y religioso– con la que entonces ya estaba abierto el ser para pensar sus vaivenes enajenados. La idea confiscada, en la medida en que pensar era confiscar, sólo podía ser un destino y sólo podía confiscarse desde la idea de destino. La complejidad de este relato masottiano de su libro sobre Roberto Arlt remitía al propio destino desatinado de su autor, a su yo mismo en confesión, su yo mismo destinado. En cambio, Murena describe bien un martirologio arltiano, pero exterior a su propia conciencia, sonando así un poco forzado, aunque no sin encanto.
Murena, en tanto, aparecerá en la reflexión confesional de Masotta. El autor de Sexo y traición en Roberto Arlt (libro que rinde tributo al pensar como traición y a la traición como acto sexual de la conciencia maldita) buscaba una beca o algún subsidio para reparar su existencia maltrecha. Pide respaldos a distintos profesores y notorios intelectuales para una ayuda del Fondo Nacional de las Artes. La historia pertenece enteramente a la picaresca y a la literatura arltiana. Masotta describe a Murena, uno de los candidatos para respaldarlo, como un hombre personalmente cortés y bueno. Una vez obtenida su carta de presentación, Masotta reflexiona sobre su propia condición: alguien que usa el prestigio de otro, otro que sería ideológicamente correcto, ese otro que era Murena, no como él, un exilado de sus propios temas y pensador del exilio necesario de todo tema y de todo estilo.
Este encuentro entre Masotta y Murena relatado por Masotta es una completa y turbadora lección literaria. Habíamos sugerido un problema de similitudes. Aquí está en carne viva: Murena entrega una carta de presentación, que equivale quizás a una lectura de Arlt hecha en la calma sagrada de una martirología aceptable y bien escrita. Masotta en cambio hace de esa carta de presentación una inversión de lo sagrado, para presentarlo como un exotismo, un terrible dislocamiento del texto. Había que escribirlo, tanto el exotismo como el aprovechamiento de los prestigios ajenos, había que teorizar sobre todo eso, y quizás había que relatar los pasos de comedia que Murena conocía pero que en su propio profetismo parecían perdidos.
Creo yo que Masotta venía a burlarse y a la vez a redimir esas pérdidas. Despreciaba a Murena, pero despreciaba la propia forma con que él mismo lo despreciaba. Decíamos al principio que las similitudes tienen encanto. Y el destino de ese encanto es encontrarse con la comedia que lo desprecia. Así son las vías del pensamiento, un Murena se intercambia por un Masotta. En cambio, no hay pensamiento si, según los tiempos y las circunstancias, uno no le entrega la carta de presentación al otro, y viceversa.
* Texto publicado en www.elsigma.com y que formó parte de “Autopistas de la Palabra”, Jornadas de Literatura y Psicoanálisis efectuadas en la Biblioteca Nacional (2005).

Extraído del suplemento de psicología de Página 12, 07/12/06.

 

 

OSCAR MASOTTA EN LA MAISON DE L’AMÉRIQUE LATINE

 

Con el auspicio del Instituto Oscar Masotta (Argentina) y la Fundación Descartes (Buenos Aires), el 29 de junio de 2006 la Asociación Franco-Argentina de Psiquiatría y Salud Mental realizó, en La Maison de l’Amérique Latine, un homenaje a Oscar Masotta bajo el título de Passeur de Lacan en castillan del que participaron Juan David Nasio (París), Miquel Bassols (Barcelona) y Juan Pablo Lucchelli (Lausanne) con la moderación de Perla Drechsler.

 

 

 

Daniel Link, Leyenda-Literatura argentina: cuatro cortes, Editorial Entropía, 2006. Fragmento de “Crítica y política (1955-1966)".

 

Lo que Masotta hace es algo por completo escandaloso, al punto que uno puede imaginar bien (y compartir) la incomodidad de los asistentes a esa “conferencia”, sus compañeros de Contorno, los entonces inquietos jóvenes del Di Tella, los intelectuales de izquierda que eran sus amigos. Bien mirado, ese texto es paradigmático: coloca al lector en una situación de incomodidad sólo comparable a la de algunos textos de Osvaldo Lamborghini (aunque se trate de otra cosa completamente distinta), tanto se aparta de las reglas sociales del decir, de la separación de los lenguajes, de todos los lugares que la crítica imaginaba para sí en la década del sesenta, del sentido común intelectual. ¿De qué habla Masotta en Roberto Arlt, yo mismo? De sí, de su padre, de la muerte de su padre, de su crack up y de sus prejuicios pequeñoburgueses. En medio de todo eso (que no funciona como una confesión ni como una sesión analítica o una ascesis), Masotta habla de Arlt, él mismo. Es decir: habla de la relación (intelectual, crítica, textual) que estableció con Arlt, a partir de ese conjunto de episodios biográficos, durante la escritura de Sexo y traición: “¿Quién era yo cuando escribí ese libro? O para forzar la sintaxis: ¿Qué había de aparecer en aquel libro de lo que era yo?”. No sólo la sintaxis es lo que se fuerza: lo que se desmorona es la separación de los lenguajes que sancionan legitimidades respecto de situaciones de enunciación, relaciones entre los participantes, y los géneros tipificados en cada caso. ¿Hablar de sí? Eso no es la crítica (o es una forma radicalmente nueva de crítica).

Lo que ocurre es que Masotta comprende que sólo llevando al sujeto al límite se puede pasar a un tipo de práctica que se proyecte hacia lo colectivo. No se trata, entonces, de borrar el sujeto del discurso, de enmascararlo detrás de una seudo-objetividad. Se trata, más bien, de disolverlo por saturación y, en esa apuesta, potenciar políticamente la subjetividad. Sexo y traición en Roberto Arlt, el libro del que Masotta habla cuando habla de sí, fue escrito, según cuenta, en 1958, fuertemente influido por Sartre y Merleau-Ponty. Esa doble fascinación funciona como condición de posibilidad de Sexo y traición pero, claro está, no lo explica del todo. El punto de partida de Masotta es cómo recuperar la literatura de Arlt desde una perspectiva de izquierda (es cierto que Arlt parecía resistente a esa recuperación, al menos hasta Masotta). Así, la crítica asume explícitamente la función política que tanto importa en este corte.

 

 


Masotta en Enrique Vila-Matas

El doctor Belliverti tenía unos cuarenta años y un aire de hombre moderno, llevaba un arete en la oreja izquierda, fumaba en una pipa pop y adoraba a Lacan, aunque daba la impresión de haberlo leído muy mal, si es que lo había leído. Parecía un tanto pedante y sobre todo esnob. «Pero, bueno, doctor Pasavento, eso ya lo decía Lacan…», me interrumpió varias veces. Utilicé teorías de psicoanálisis que había aprendido en mi juventud en las clases de psicoanálisis que daba el profesor Oscar Masotta en Barcelona y la verdad es que me lucí, quedé de lo más brillante y convincente ante aquel médico-jefe, que, por otra parte, no era precisamente una lumbrera.

 

Enrique Vila-Matas: El Doctor Pasavento (novela), pags. 96/97. Ed. Anagrama, Barcelona, 2005.

 

En la reciente publicación del libro La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina, (Siglo XXI Editores Argentina, Colección metamorfosis, Bs. As., 2005) de José M. Aricó prologada por Emilio de Ipola.

 

 

Curso Breve noviembre 2005

Lecturas de Masotta

 

 

Analítica del litoral, una revista sin fronteras Nro. 9, 2005 publicó una versión resumida de las tres clases dictadas por Oscar Masotta en la cátedra de Psicopatlología de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA entre el segundo cuatrimestre de 1972 y el primero de 1973, por invitación del Dr. Jorge Fukelman. Publicadas como "Edipo, castración, perversión (tres lecciones)" en Cuadernos Sigmund Freud Nro. 4, Bs. As. 1974.

 

 

Oscar Masotta en el recuerdo de Estela Canto*

Por Germán García

Georgie y yo , el libro de Graciela Musachi que recopila material de ‘fuentes primarias’ sobre esta traductora, periodista y escritora que fue Estela Canto, tiene algunas referencias a Oscar Masotta.

Esas referencias aparecen en la exhaustiva entrevista que mantiene con Graciela Musachi en 1989. Dice entonces que Oscar Masotta era amigo de su hermano Patricio Canto y que un día se presentó en su casa: “... era un muchacho delgado, alto, con un físico yo diría medio agitanado, una cosa así, muy atractivo físicamente, muy atractivo, sí, un hombre como para trastornar la cabeza de muchas mujeres...” ( pág. 89).

Después de esta evocación de la imagen, que es también un elogio, Estela Canto dice: “... Masotta trajo todo su mundo cultural (...) trajo también una cantidad de enamoradas que tenía, porque tenía muchas, muchas amigas, él estaba enamorado de una solamente, al parecer, pero había una competencia tremebunda".

Dice que Oscar Masotta les llevó el mundo de los sesenta: “...freudiano, lacaniano... todo eso que empezaba”.

En el libro hablan de Estela Canto gente como Victoria Ocampo, Alicia Jurado, Bernardo Verbitsky, Celia de Diego, Jorge Luis Borges, Hugo Beccacece, Rodolfo Rabanal, Horacio Armani, Rolando Graña, Raúl H. Castagnino, Julio Woscoboinik, Horacio Salas, Mario O. Picardo, Edmundo Clemente, María Esther Vázquez, Pilar Bravo, Mario Paoleti, Eugenia Guevara, James Woodal, Jorge y Marion Helft, Epifania Uveda, Laura Mafud, Esmeralda Miras, Edwin Williamson, Mauricio Mileicovsky, Gisèle Ringuelet, Daniel Balderston, Andrés Rivera, Jorge Lafforgue, José Luis Mangieri, David Foster Wallace, José Martínez Suárez, Roberto Blanco y Juana Vignosi.

Si cada una delas personas enumeradas hablase de la obra de Estela Canto, el futuro de su nombre estaría asegurado. Pero hablan de la relación que tuvo con Borges. No siempre, pero en la mayoría de los casos.

Juan José Becerra subrayó la ambigüedad de la dedicatoria de Borges: A Estela Canto . En efecto, al final del cuento y del libro donde se publica, la dedicatoria está en bastardilla y en letra pequeña, funciona como un fuera de texto, como un paratexto. Es decir el nombre de Estela Canto es disminuido, incluido y excluido.

A la inversa, Estela Canto exalta el nombre de Oscar Masotta al mostrarlo –según un dicho sobre el deseo- como una caravana que pasa, con sus libros y sus mujeres, aunque sólo ama a una de ellas. La comparación se impone “... porque el amor no es aquí el capricho que se subordina a todo –comenta Estela Canto, sobre la película soviética El 41-, vuelve a recobrar su trágica grandeza de siempre”.

En el año 1956 Estela Canto entrevista a Borges en la Biblioteca Nacional de la calle México: “Las claraboyas, la atmósfera de la Biblioteca Nacional, recuerdan esas viejas casas de Montevideo en la antigua zona de la ciudad...” (pág.76)

Un año después, cuando ya hace tiempo que su relación con Borges terminó, Estela Canto escribe: “Hablar de Montevideo es algo tan íntimo y hondo como hablar de un gran amor, perdido por las circunstancias y siempre esperado” (pág, 85).

Un año antes el clima dela Biblioteca Nacional evoca Montevideo, un año después Montevideo evoca el amor perdido y esperado: “Al escribir sobre Montevideo, tengo que hacerlo de manera personal y, por eso mismo, de manera vaga. Tendría demasiado que decir: no puedo decirlo” (ídem). Lo mismo vale para Borges a contraluz, su libro más personal, y para el recuerdo que Estela Canto tiene de Oscar Masotta.

Valga este ejemplo: “Yo tenía una tía que tenía 93 años y un día se pone a hablar con Masotta y yo me entero que Masotta la ha invitado a ir al cine. Bueno, y fueron al cine y fueron a una confitería después, y fueron dos o tres veces más al cine. Ahora, yo me pregunto qué interés tenía Masotta en esta señora, en fin, ya de una edad muy avanzada...” (pág. 90). Y Estela Canto, a continuación, conjetura: “Tal vez lo que le interesaba era el mundo de la tía, ese mundo viejo, ese mundo antiguo, esa especie de cosa ya histórica que representaba esta señora”. Tal vez. Pero a nosotros nos interesa el futuro dela obra de Estela Canto.

*De la presentación realizada en el Centro Cultural Borges, 21/10/06

 

 

En La Biblioteca, revista fundada por Paul Groussac, (N° 2-3 Edición doble – Invierno 2005) bajo el título general de ¿Existe la filosofía argentina? podemos leer un artículo de Hernán Scholten sobre “Oscar Masotta, entre la fenomenología y el estructuralismo”. En un destacado, leemos “La diferenciación de la obra de Masotta en diferentes etapas, aún en las diversas formas en que ha sido propuesta, no constituyen una “grilla de inteligibilidad” adecuada para dar cuenta de una producción no poco compleja de delimitar, que parece resistirse a las periodizaciones esquemáticas y que cuyas características particulares se diluyen ante rótulos como “sartreana”, “estructuralista” o “lacaniana”.

 

 

Verónica Cohen, “¿Por qué aún el psicoanálisis?”, Imago Agenda N° 87, marzo 2005.

(…)

Mi escuela, aquella que sigue la vía abierta por Masotta, olvida a Masotta. ¿Cómo? ¿En qué sentido? Sabiendo que el olvido es el modo de tener memoria y no olvidar es un modo del trauma.

Hoy estamos otros leyendo, haciendo escuela, extendiendo el discurso del psicoanálisis, Oscar Masotta está en una nominación latente que no desmentimos, que no negamos pero ya hay treinta años de lectura viva y lazo de discurso.

 

 

En el número 47 Ramona publicó bajo el título “Un brindis por el sordo Masotta y sus cócteles explosivos” una conversación que mantuvieron en la Fundación Start, durante el mes de agosto, Oscar Steimberg, Eduardo Costa, Roberto Jacoby, Susana Muzzio y su hija Patricia López de Tejada.

La revista Psicoanálisis y el Hospital dedica el número 26 “Para pensar la política”. En dicho número Alberto Marchilli escribe “Oscar Masotta, la política y el psicoanálisis” y a continuación Marcelo Percia, bajo el título “La clínica como política de las instituciones”, escribe sobre la visita de los Mannoni y la posición de Oscar Masotta.

En la antología compilada por Norma Avaro y Analía Capdevilla, publicada por Santiago Arcos Editor y titulada Denuncialistas, literatura y polémica en los años 50., Oscar Masotta forma parte con “Las ciento y una” junto a Juan José Sebreli, Ismael Viñas, Ramón Alcalde, David Viñas, Adelaida Gigli, León Rozitchner, Regina Gibaja, Adolfo Prieto, Carlos Correas y Noé Jitrik.

El número 4 de Conceptual – Estudios de psicoanálisis publicó la conferencia que dictó Germán García en el mes de julio en la ciudad de La Plata, titulada “La escuela que fundó Masotta treinta años después”, dos comentarios sobre dicha conferencia realizados por Germán Schwindt y Cecilia Fasano y “El múltiple interés de Oscar Masotta”, comentario sobre la presentación del libro Revolución en el arte. Pop art, happenings y arte de los medios en la década del sesenta. que realizamos en septiembre en la Fundación Descartes, con Roberto Jacoby, Ana Longoni y Germán García.

La divergencia entre Lacan y Masotta respecto de la tragedia en la época moderna, que en 1991 Graciela Musachi trató bajo el título “El psicoanálisis causa de tragedia o lo trágico chocho” (publicado en Nombres del psicoanálisis), es retomada por Cecilia Fasano en el último número de Microscopía, en un artículo titulado “A propósito de la tragedia”.

 

 

Ricardo Bianchi, director de Nadja. Lo inquietante en la cultura., publicó en el número del mes de abril, bajo el título de “Oscar Masotta y la fortuna del psicoanálisis”, la desgrabación de la última parte de la mesa redonda Lo que fundó Oscar Masotta, 30 años después, (que se llevó a cabo en Rosario el 5 de noviembre del 2004 de la que participaron Germán García y Juan Ritvo), y una entrevista con Germán García (realizada por José Manuel Ramírez antes de la presentación de La Fortuna), que compone la segunda parte del reportaje publicado en el diario Rosario 12, Página de Psicología el jueves 13 de enero de 2005, titulada Un tipo de narrador integral.

 
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