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Nabokov y Cia o el principio de crueldad

por Marcelo Izaguirre

 

“Todo el que yo oigo hablar un cuarto de hora, lo puedo seguir haciendo hablar en mi interior durante dos horas”, decía Goethe, y podríamos decir que Freud, que como sabemos leía al escritor alemán, tenía una idea del psicoanálisis que iba en ese sentido. Basta recordar lo que expresaba respecto al contenido manifiesto del sueño, que ocupaba unas pocas líneas, frente a las hojas que podía llenar el análisis del mismo. El psicoanálisis en el horizonte de Freud comprendía esa “supuesta intersección confiada” de la que se habla en el texto que convoca a nuestro XIV* coloquio. “Poesía y verdad” de Freud, hablando de Goethe, es uno de los intentos. Pero enseguida nos enteramos que no era ni uno ni otra. De todos modos, hay que destacar los puntos de intersección que persisten, en la medida que si la literatura comienza cuando un lector está dispuesto a dejarse engañar, no podría afirmarse que alguien ha pasado por el psicoanálisis si no está dispuesto a soportar el engaño. Nabokov y Cia, título de este trabajo, parece por supuesto, una anónima empresa americana con varios integrantes que la componen más que una empresa literaria. No voy a dar la lista de ellos, remitiéndome específicamente, por razones obvias a su presidente Vladimir Nabokov. Sólo mencionaría a alguien muy considerado por él, Kaffka y su carta al padre, cuya crueldad según Carlos Correas, consiste en el acto de dársela a leer y fue Oscar Masotta quien, según el filósofo, tuvo un gesto anacrónico de crueldad, cuando le dio a su padre bancario, a leer esa carta. Como en toda empresa norteamericana, podríamos decir, invirtiendo los términos del coloquio, que se trata de un trabajo de la literatura frente al psicoanálisis.
Hablando sobre el bien -ya que este no es sin la crueldad- alguien ha manifestado que el sufrimiento implica un estado de escisión cumpliendo el espíritu la función unificadora de la realidad, y cuando emergen la contradicción y la oposición que subyacen, el dolor se hace presente comenzando un intento de “actividad unificadora ilimitada”. Cito: “Cuando logramos esa unidad ulterior, es decir cuando hemos satisfecho nuestros deseos y aspiraciones arribamos al gozo. Esto pone de manifiesto que en el gozo siempre hay dolor y que el dolor acompaña inseparablemente al gozo”. Concluimos entonces, que la felicidad absoluta será ajena al corazón del hombre, y podríamos leer esto en el malestar en la cultura de Freud, o en el seminario sobre la Etica de Lacan, pero pertenece a Kitaro Nishida hablando sobre el Bien (Ensayo sobre el bien p.153-, 1911) La solución que propone este filósofo japonés no es el reforzamiento del yo que conduciría a un yo mezquino y egoísta, sino que piensa que la felicidad consistiría en dilatar las fronteras del yo hasta hacerse uno con la naturaleza. Dada su condición oriental, no podía dejar de hacer su referencia al Zen: “aparte de Zen no hay nada en este mundo donde uno pueda buscar alegría y serenidad para el corazón. Si logro el corazón puro y simple como el de un niño habré alcanzado la felicidad suprema no creo que haya otra mayor. Non multa sed multum”.
Antes de hablar del profesor Humbert, quien también pensaba que alcanzar el corazón de una niña era la alegría y el gozo, aunque no la serenidad, sino el sufrimiento (en tanto escisión, hay 7 Humbert distintos en Lolita), quiero decir algo respecto a la posición de Nabokov frente al psicoanálisis, que se relaciona con la solución equivocada de la que hablaba Nishida, y la que también entiende Clement Rosset que fue equivocada, en tanto se pensaba que se trataba de hacer consciente algo para el sujeto, más que darle la palabra. En tal sentido Nabokov critica cualquier idea freudiana que, según entiendo, ha leído en comentarios sobre algunos textos de Freud, - estando en Berlín dice que leyó Kaffka, que le interesaba más que Freud avanzada ya la década del ‘30- y critica un artículo citando a Fromm, donde dice que el gorro rojo de Caperucita en la versión alemana es un símbolo de la menstruación, o, la del crítico Neider quien hablando de Kaffka dice que en el símbolismo mítico el bicho es una representación de los hijos, lo que lleva a Nabokov luego de una comparación con las chinches, a rechazar esos disparates diciendo que le interesan las chinches y no las chinchorrerías. También en el análisis que realiza del capítulo XII del Ulyses de Joyce cuando dice que no comparte la terminología freudiana con sus mitos prestados, sus paraguas andrajosos y sus oscuros secretos. En ese punto coincide con un crítico cercano a la posición de Mario Bunge, quien dice que de creerle a Freud, el paraguas sería en primer lugar un símbolo fálico y eventualmente algo que se podría llegar a usar en caso de lluvia.
Ahora bien, sabemos que no es incorrecto decir que existe todo un primer momento de Freud en la interpretación de los sueños que las interpretaciones simbólicas tienen su peso, pero no sería ese modo de plantear las cosas, seguir a Freud en el “espíritu” del psicoanálisis. Forrester en el Lenguaje y los orígenes del psicoanálisis, ha trabajado muy bien las disputas sobre el modo de interpretar a partir del simbolismo y la disputa allí entre Jung, Stekel, Jones y Freud. Los disparates que ha leído Nabokov en los comentarios o en los comentaristas, están del lado de Stekel y también de Jung (que se entienda: no digo que no haya escrito algo de eso Freud, pero fue una idea que abandonó). La definición que da de la literatura Nabokov entiendo que, por supuesto sin saberlo, acerca al mismo al psicoanálisis, al menos al Freud que está haciendo el pasaje de la teoría del trauma a la teoría del fantasma: “La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle neanderthal gritando ‘el lobo, el lobo’, con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando ‘el lobo, el lobo’, sin que le persiguiera ningún lobo”. Mas adelante agrega: “La literatura es invención. La ficción es ficción. Calificar a un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad”. Con lo cual, nos enteramos la posición del escritor respecto a la realidad y aquello que ha llevado a Rorty a trabajar la posición del mismo, como alguien que no tiene en cuenta a aquellos escritores que se plantean la literatura como una actividad para develar la realidad. La literatura para Nabokov no pretende tanto conocer como emocionar. El psicoanálisis también ha sido una invención –aunque más del lado del saber que de la emoción- y su primer inventor ha sido Freud así como el niño del lobo fue según Nabokov el primer inventor Y si nos guiamos por la fragmentación a la que están sometidos los personajes de Nabokov también lo ubica más del lado de Freud que de Nishida.
No voy a ser yo quien va destacar los méritos literarios del escritor norteamericano, como le gustaba llamarse, pero se puede decir que a él es aplicable lo que él mismo dijera respecto a Proust: “En cuanto a generosidad verbal es un auténtico Papa Noel”. Si la crueldad está en relación con los detalles, Nabokov es un especialista en ello, lo que lo diferencia de Sade y su interés por la universalización del goce para todos. Pero al tiempo, eso lo ubica en lo que Rosset destaca como la paradoja de la certidumbre del detalle, que junto a la incertidumbre del conjunto puede enunciarse en forma matemática o aritmética (en Habla Memoria hay una referencia de Nabokov a su gusto por los números). Esa preocupación por el detalle, equipara la literatura de Nabokov con el trabajo de la clínica en el psicoanálisis, y la de los analizantes. Así como el profesor Humbert estaba preocupado por el detalle del rasgo en Lolita, es el analista Freud quien destaca el detalle en el hombre de las ratas, preocupado por la piedra que en medio de la calle había pateado él mismo, y volvió a juntarla, por la eventualidad que la dama de sus pensamientos pudiese lastimarse con ella. De igual modo, es Freud quien destaca el “brillo en la nariz” que resalta el joven fetichista, como es el personaje de Nabokov quien resalta la verruga en el rostro de la mujer con la que ha de contraer matrimonio.
En Lolita encontramos tres temas, que si hubieran sido posteriores diríamos que Horacio Quiroga los tomó de allí: amor, locura y muerte, representados por Lolita, Humbert y Clare Quilty, respectivamente, con lo que nos enteramos que se trata de la presencia una vez más, de los tres temas clásicos a los cuales sería posible reducir la literatura, según la cita de Sergio Ramirez (“Mentiras verdaderas”). En esta novela, Nabokov ha ido perfeccionando una preocupación o un tema al menos, que lo ocupaba hacía varios años. De ello nos hemos podido enterar por la publicación hace unos años de El hechicero novela que se presenta como un borrador sobre Lolita. A diferencia de ésta, en el borrador no llega a tener relaciones el padre con la niña, y la mujer con la cual se casa, en una operación beckettiana: para acercarse a la nínfula fallece víctima de una enfermedad que padecía con anterioridad, no como en Lolita donde la señora Haze mayor, lo hace a consecuencia de un accidente en el cual ha tenido alguna incidencia el profesor Humbert. Esa escena, que desencadena el accidente en el cual un auto atropella a la señora, se vincula con lo que Rosset denomina el rasgo fundamental del principio de crueldad, aquello que llama en honor a Leibniz el Principio de realidad suficiente, donde la crueldad de la realidad consiste no sólo en que es dura, sino además, es ineluctable, ineludible.(“Así como la crueldad de la pena capital consiste, por un lado, en ser condenado a muerte y por otro en ser ejecutado, así también la crueldad de lo real, en cierto modo es doble: por una parte, consiste en ser cruel, y por otra en ser real”). Allí encontramos, no sólo el dato que el profesor se ha casado con la señora para acercarse a la hija, sino que además se lo hace saber a través de la escritura en su diario, y cuando ya se había enterado que ella estaba interesada por lo que había en el escritorio, no hizo nada por ocultarlo. De igual modo en el final de la novela cuando Humbert al enterarse que ha sido abandonado, y nunca amado, y comprender que todo esfuerzo por hacerla retornar sólo demuestra que ha sido verdad que fue abandonado, lo conduce al asesinato de Quilty. (cf. Albertina de Proust: “ya es muy triste que Albertina me haya abandonado con las armas y el equipaje, pero lo peor es pensar además que todo esto es verdad”)
Si bien Nabokov no está preocupado por lo social, en su literatura, la diferencia que hay entre El hechicero - una muestra de estilo y prosa rusa, según él- y Lolita, es la diferencia que hay entre la cultura europea y una sociedad pacata, moralista y “anafreudiana” como la norteamericana de los años ’50 (aunque él se encarga de señalar que no es una novela antinorteamericana) aquella que pensaba la solución al modo egoísta que dijera Nishida, la solución del yo. En El hechicero no hay una referencia al psicoanálisis, en cambio en Lolita el psicoanálisis ha invadido el texto, y el paradigma de ello es la conversación que mantiene el profesor Humbert, con la directora del Beardsley College, donde evidentemente, Nabokov utiliza la figura de la directora “progresista”, para poner en ridículo las últimas ideas psicoanalíticas en boga en los colegios de avanzada. La Sra. Pratt acusa al profesor de anticuado europeo, que no habla de sexo con la niña quien “Aun vacila –le dice ella- entre la zona anal y genital de desarrollo”. Humbert, luego de enterarse definitivamente que Lolita no volverá con él, cuenta en qué momento han tomado auge esas nuevas ideas: “Las ideas surgidas a mediados del siglo XX sobre las relaciones entre hijos y padres, se han inficionado con la jeringoza escolástica y los símbolos estandarizados del aparato psicoanalista”. El hechicero fue escrito en París a fines de los ’30, Lolita en Estados Unidos a fines de los ’40. De todas maneras, hay un elemento común a ambas novelas, que es la idea freudiana - y en ese sentido quizás tenga razón Rorty cuando dice que lo que no soportaba Nabokov de Freud, como tampoco Heidegger de Niezstche, es haber encontrado un precursor que haya dicho las mismas cosas antes- la idea decía, que el amor es un retorno al pasado, el recuerdo del pelo de una hermana fallecida de niña en el caso del innominado personaje de El hechicero y la fallecida Annabel en Lolita.

Lolita o la alternativa al departamento de “bienestar” público

Hay un tema actual, la defensa de los derechos de los niños y adolescentes. El estado cada vez más liberal en ciertos aspectos, es cada vez mas intervencionista en otros sentidos, algo de lo que ya ha hablado Thomas Szasz (Nuestro derecho a las drogas) quien se revela porque no se respeta el derecho al goce. Y los psicoanalistas, muchas veces recurren a los abogados para enterarse de los detalles jurídicos. En Lolita y, de parte de Lolita, encontramos otra solución a la mera denuncia del abusador. Humbert con su característica crueldad amenaza a la nínfula, diciendo que en caso que haga la denuncia, al ser enviado él a prisión, ella tendría que ir a un orfanato, y ya se sabe lo desastroso que son esos lugares (“Si nos pescan serás analizada e institucionalizada, mi chiquilla”).
En tal sentido, se encuentra fuera de peligro aunque más no sea en los términos que lo plantea Maurice Blanchot cuando afirma que: “El desastre ya ha superado el peligro, aun cuando se está bajo la amenaza de-. El rasgo del desastre es que siempre uno está solamente bajo su amenaza y, como tal, es superación del peligro”. Tema relevante en El hechicero, donde, como destaca el hijo de Nabokov en el comentario, siempre se está a la expectativa respecto al momento en que se va desencadenar el desastre. De todos modos, Lolita frente a esa elección forzada que le plantea Humbert no pide por ese derecho que el profesor observa que ella reclama, y a diferencia de ello, decide partir con quien ama, que no es otro que un perverso como Clare Quilty, con lo cual nos enteramos de la escisión de Lolita y de su sufrimiento, que no radicaba tanto en tener que soportar al profesor, sino en no poder estar con quien amaba. Para acentuar la crueldad, su nueva elección ocurre con un impotente, lo que la lleva a otro desplazamiento –el encuentro con otro hombre- que deviene un principio de solución freudiana: el embarazo.
Sin duda que para esa sociedad americana el psicoanálisis no resultó la liberación prometida de la que habla Mattoni, sino todo lo contrario, ya que si en los ’50 esperaba que se le hablara a los niños de sexo hoy se encuentra pidiéndoles que no lo hagan. Podemos leer en un libro de 1997 que trata el tema del abuso sexual, la razón de Nabokov en oponerse a la práctica del psicoanálisis en los Estados Unidos y la crueldad de la realidad con la que se encuentran algunos niños. La conducta rara de una niña en el comportamiento con los amiguitos condujo a que la madre la interrogara y se enteró que había un adulto que la había hecho participar de algunos juegos sexuales, la madre pudo explicarle a instancias de la terapeuta que dejara el juego sexual pues “lo que el hombre le había enseñado estaba mal y no debía hacerlo con otros niños”. Para aclarar inmediatamente la brillante terapeuta que para mitigar la culpa “se debe ayudar al niño a comprender que aunque algunas cosas de la vida dan placer, no siempre son buenas para una persona, y la gente debe aprender a no hacerlas porque así es mejor” (El sexo que se calla, Diana Sullivan Everstine- Louis Everstine, pag.57).
R. Rorty, que como sabemos no es psicoanalista, está más cerca del espíritu freudiano, cuando comenta que la moraleja de Lolita no es que no hay que tocar las manos de las jovencitas, sino que se trata de advertir qué se está haciendo y qué es lo que el otro está intentando decir. Si recordamos la idea freudiana, que había que curar la obsesión con la obsesión, (tenía la idea que el obsesivo se cansaría de su obsesión antes que el analista, que condujo a Lacan a caracterizarlo como el “burgués tranquilo de Viena” frente al apuro de los surrealistas), Freud, podríamos decir, está en la línea de Goethe, transformando 15 minutos en 2 horas, y habría que decir que Nabokov -aunque según Iñigo Lomana sería el límite finisecular-, si en esa fijación por las niñas entre 9 y 14 se encuentra un interés por la eternidad, también está en esa serie. En tanto Lacan, –quizás con menor crueldad- con la idea que se trata de darle al sujeto la posibilidad de saber qué hacer con su saber, con la sesión corta, breve o infinita, está en la línea de Borges quien hablando del recuerdo, invierte aquella relación temporal, cuando decía que habiendo estado 11 días y 11 noches en un sanatorio, recostado en la cama mirando la pared, en el momento de recordarlo podía hacerlo en un instante.

Biliografía:

1. Nabokov, Vladimir: Lolita, editorial Anagrama, Barcelona, 1993 (1955).
2. Nabokov, Vladimir: El hechicero, ed. Anagrama, Barcelona,1999 (1986)
3. Nabokov, Vladimir: Habla, memoria, ed. Anagrama, Barcelona,1994 (1966)
4. Kagan, Norman: El cine de Stanley Kubrick, cap.7 ed. Marymar
5. Clement Roset: El principio de crueldad, ed. Pre-textos, Barcelona 1994 (1988)
6. Rorty, Richard: Contingencia, ironía, solidaridad, edit Paidós, 1991 (1989)

 

 
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