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Reportaje a Adriana Testa

Por Asociación Amigos de la Fundación Descartes

Adriana Testa estuvo a cargo de la Dirección del Centro Descartes durante el período 1999-2001. Es miembro del consejo de administración de la Fundación Descartes , y coordina junto a Graciela Do Pico y Luis Varela el Círculo de Actualización en Filosofía. Lleva adelante desde el año 1994 el módulo de investigación “Referente / Consumos fatídicos” y desde 1997 la dirección de la revista el Murciélago . Participó de las actividades de “Fragmentos de la historia del psicoanálisis en la Argentina ” con un artículo sobre Oscar Masotta titulado “La verdad irreversible de un deseo”.

Forma parte del “proyecto Descartes” desde sus inicios en 1986 y participó en la fundación de la Escuela de la Orientación Lacaniana , de la que hoy es miembro e integrante de su Directorio por la secretaría de biblioteca. Es miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, y docente del Instituto Oscar Masotta desde su creación.

AAFD: En “La verdad irreversible de un deseo” usted se cuenta entre “los lectores de dentro de veinte años” a los que Masotta alude en 1978, ¿cómo fue su encuentro con el psicoanálisis?

A.T.: Ese fue un hallazgo feliz de los años noventa. Exactamente en el inicio de esa década un grupo de gente joven de la Biblioteca Internacional de Psicoanálisis nos reuníamos a leer textos (muchos fotocopiados) sobre “el pase”. Germán García dejó ese material en la biblioteca con un gesto de descuido, pero a la vista de los andábamos por allí. Agregamos esas lecturas a otras que ya estábamos haciendo de los libros de Oscar Masotta; también para esa época salió el primer número de el Murciélago –para orientarse en esta oscuridad- con la dirección de Germán, donde se abría el abanico de referencias y lecturas, basta repasar los índices. Era un juego entusiasta que tomó forma en algunas reuniones que organizamos bajo el nombre Tertulias . Nos alentaba la idea de “banda”, una idea extraña en esos tiempos tan próximos a lo que fue en nuestro país una desbandada de gente hacia distintos destinos y por razones diferentes. Algunos (los que queríamos enterarnos) supimos que ese grupo se llamó “Núcleo Noventa” (NN). Fue un modo de despertar de cierto adormecimiento que nos produjo el dolor que tiñó esa época de desbande. Hoy podría decir que aquello duró un instante, el de cada reunión o el de cada lectura. Se abría un horizonte de expectativas en medio de un clima de reencuentro y la idea directriz era retomar el curso de lo que ya se había hecho, pero esta vez por otra vía: internacionalizar el psicoanálisis lacaniano. Recuerdo siempre con una especial alegría el Coloquio Descartes “Efecto Rayuela”, 1987. Fue en la sede de la avenida Pueyrredón. Allí conocí a algunos que sólo conocía de nombre y a otros que no conocía Enrique Pezzoni, y escuché discusiones a propósito de Cortazar sobre una década anterior a la infamia de la dictadura militar. Fue en ese ámbito masottiano donde, después de algunos años, decidimos incluirnos en ese grupo de lectores.

¿Qué significa leer hoy a Masotta? De esa pregunta se puede extraer una clave: Masotta se apoyó en el trípode enseñanza /clínica /institución. Sobre la base de ese aparato hoy se puede hacer uso de sus textos siguiendo –como propone García- los desplazamientos de lecturas, traducciones, temas, viajes. Lo están haciendo investigadores de otros ámbitos. Es una buena “intriga” para volver a sus libros.

Antes estuve cuatro años en un grupo de estudio con Élida Fernández, el único que hice con el estilo de grupos de estudios lacanianos de mediados de los '70 y los ´80. Elida nos propuso un programa basado en los casos freudianos. Me interesó desde el comienzo el modo de lectura que indujo sobre la base de las diferencias entre Freud y Lacan. A partir de esas lecturas de Jacques Lacan, y de un efecto que mucho después llamé “Lacan lector” volví con interés sobre los estudios de filosofía que había hecho en los años '70. Encontraba en ese cruce una fruición productiva. Volvía al gusto por viejas lecturas desde otra mira. Sobre el filo del año '84 /'85, algunos integrantes del grupo empezamos a preguntar sobre las instituciones psicoanalíticas y su historia. Hoy reconozco en algunas respuestas evasivas y en otras difusas, poco claras, las razones no tanto de quien respondía, sino de una historia que empecé a conocer después. La llegada a la BIP a través de mi amiga Graciela Musachi y de Horacio García (librero y editor), marcó un antes y un después. Y el encuentro con Germán García, que en un comienzo fue sólo de trabajo y de estudio, fue a dar en un análisis que no fue el primero y que hizo posible anudar formación, práctica clínica y la vida con un conjunto de personas diversamente interesada en el psicoanálisis. Germán nos dio la oportunidad de conocer a Colette Soler, a Eric Laurent, y a Jacques-Alain Miller. Todos ellos pasaron por la BIP. Después vino el movimiento hacia la Escuela y su fundación, antes la disolución de la “Biblioteca” y ya en el curso del año1992, en la misma sede pero en un clima que se nos volvió extraño, poco a poco fue tomando forma un nuevo campo de fuerzas que es hoy el engranaje del “Descartes”, como el engranaje del “hombre máquina” de La Mettrie que contribuyó a engendrar Descartes.

AAFD: En el libro No se conocía ni coca ni morfina. Configuraciones toxicómanas , editado por Grama, serie Temps, usted participa con un artículo que titula “Las narcosis del deseo ¿dominio o abandono de sí mismo?” y desde hace ya algunos años está trabajando con instituciones que se dedican al tratamiento de personas consideradas “toxicómanas” o “adictas a las drogas”. ¿Cuál es su evaluación de la situación actual en este campo? y ¿cuáles son sus consideraciones clínicas?

A.T.: Mi interés por el tema no estuvo marcado por una experiencia con drogas. La pregunta ¿probó drogas? merodea entre quienes se dedican al tema. Más bien, hace ya diez años, tuve un interés intelectual en relación al campo mismo del psicoanálisis. ¿Qué se puede investigar por el lado de estas prácticas sobre ese estatuto peculiar del objeto que propone Lacan? La pregunta fue perdiendo fuerza inductora. El tema me pareció cada vez más vasto, complejo, con algunas aristas (las jurídico-legales) que me desalentaron más de una vez. En un comienzo la investigación tuvo un enfoque contextualista: lecturas de estudios sociológicos, filosóficos, literarios en tensión con las tesis freudianas y las de Lacan que abren una perspectiva diferente a las de Freud. Lacan estaba atento a la relación con “las turbulencias de la ciencia” y la industrialización expansiva de los psicofármacos; a la inscripción del sujeto en el Otro apelando a lo que él mismo llama “nombres de hierro”. La virtud indicativa de Lacan fue precisamente la de hacer gravitar el tema sobre el “campo lacaniano” a través de unos pocos postulados.

Hoy atiendo a adictos a drogas, a alcohólicos y le doy la razón a Hugo Freda. Supe por otro argentino que vive en París, que Freda dice que el problema es que los toxicómanos no se quieren psicoanalizar. Es así. Esa idea es deudora del pesimismo freudiano. En el año 1917 Freud le dice a Ferenczi que no es posible llevar adelante un psicoanálisis con los adictos a drogas porque ante algún obstáculo en la transferencia saben a que recurrir para evitarlo. Más le valdría a un toxicómano valerse de los obstáculos de la transferencia para encontrar una salida a la absoluta necesidad de la droga cuando el recurso es compulsivo. Recientemente Eric Laurent citó en el Centro Descartes una frase de Charlie Parker: “la gran ventaja de la droga es que uno consolida sus problemas como consolida una deuda… con la droga uno no tiene más que un problema”. Un psicoanálisis desbarata ese único problema, revive muchos otros: repeticiones, fantasías inquietantes, expectativas, da lugar a la espera contra la suspensión del tiempo que procuran las drogas. Y en el mejor de los casos avergüenza a quien usufructuó de la vergüenza de los otros. El drogadicto (o el alcohólico) se avergüenza con la misma monotonía con la que se droga o se alcoholiza, y avergüenza a quienes no comparten la encarnadura de ese goce. Me parece decisivo producir en ese punto un cambio de implicación. Si hay vergüenza hay angustia. Me estoy refiriendo a los neuróticos. En la psicosis, el asunto es otro.

En cuanto a la situación actual, considero que en la década del noventa Patrick Mignon definió muy bien el uso de drogas como “democratización de la bohemia”. Este autor incluye en ese fenómeno el jazz y la música pop. Laurent ha planteado en un reportaje recientemente publicado en Buenos Aires el fenómeno de la banalización de productos de lujo que ahora se democratizaron. Es la misma idea. En este lado del planeta globalizado las cosas pintan con el color que les tocó en suerte, para muchos el consumo de drogas y alcoholes es una manera de padecer menos hambre o de sobrevivir una vida sin horizonte alguno.

AAFD: ¿Cuál es su perspectiva actual dentro del proyecto Descartes?

A.T.: La perspectiva es masottiana. El proyecto Descartes es germaniano. El azar del nombre “Descartes” me mantiene en esa fruición de la que hablé antes. Es la posibilidad de continuar con una política y una práctica del psicoanálisis desde una inserción en la ciudad y a través de Buenos Aires con otras ciudades de nuestro país y de otros países. Inserción quiere decir convergencia crítica de discursos de interés para el psicoanálisis sobre el filo de las diferencias y los límites que los separan; quiere decir reunión de personas (de aquí, de afuera) que comparten una sensibilidad por el movimiento siempre vivo que vuelve a la fuente para encontrar allí los vectores que impulsan hacia el tiempo acuciante y actual. Quiere decir editar, publicar revistas, libros, periódicos.

Por su inserción en la ciudad, por el cruce con otras lecturas que comenté antes, en relación al módulo de investigación sobre “consumos fatídicos” he podido adelantar temas que luego han sido retomados en distintos ámbitos. En este momento mi expectativa es la de hacer un relevamiento casuístico en el terreno clínico para avanzar sobre la singularidad de cada caso; y participar desde allí en el Departamento de Investigación sobre Intervenciones Terapéuticas, recientemente creado. Seguir el curso de la edición on line de la revista El Murciélago (2004) con la expectativa a futuro de volver a la edición en papel. Y en relación al Círculo de Actualización en Filosofía seguir favoreciendo el efecto de una caja de resonancias que nos mantenga atentos a los debates actuales sobre epistemología, hermenéutica, filosofía política y ética. Y seguir, “durar hasta mañana” como le gusta decir a Graciela Musachi.-

 

 
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