● News
● Programa 2011
● Círculos
● Coloquios
● Asociación Amigos
de la Fundación Descartes - Archivo
● e-texts
● Biblioteca
● Librería
● Publicaciones
● Invitados
● Trayectoria
● Consejo de Administración
● Links
● E-m@il


 
Centro Descartes
● Agenda
● Jornadas
● Curso de Germán García
● Enseñanzas de la Clínica
● Lecturas de Jacques Lacan
● Lecturas Críticas
● Conferencias y Debates
● Cursos Breves
● Módulos de Investigación
● Equipos Temáticos
● Consejo de Gestión


 
 
 

Reportaje a Graciela do Pico

Por Asociación Amigos de la Fundación Descartes

 

Graciela do Pico coordina el Círculo de Actualización en Historia de la Fundación Descartes, junto a Sofía Winitzky; y el Círculo de Actualización en Filosofía junto a Luis Varela y a Adriana Testa, con quien también asesora al Equipo Temático “Lacan y la cultura filosófica”. Actualmente es coordinadora adjunta de la Comisión de Biblioteca del Centro Descartes, docente de El debate Freud / Lacan y colaboradora permanente de Etcétera, el periódico Descartes. Es miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana.

 

P. ¿Cómo fue su encuentro con el psicoanálisis?

R. Es posible que el rechazo del peso que significó en la pubertad descubrir la dimensión traumática del deseo, sea lo que me llevó a soñar con ser “objeto de un deseo trascendente”, a fascinarme con la mística. Me alejé por el camino de la filosofía y la literatura.

Con el psicoanálisis me encontré cuando la filosofía dejó de interesarme; no sólo el amor al saber me había defraudado, sino también el amor a secas.

Tenía 19 años, estaba desorientada y un libro de Freud había caído en mis manos. Me pasé a la Facultad de Psicología. Para el primer final que rendí, preparé un trabajo donde comparaba el descubrimiento freudiano de la verdad con el mito de la caverna de Platón, al sofón con el psicoanalista y a los hombres encadenados con los neuróticos encadenados por el deseo rechazado - el término sofón transporta un ideal de beatitud que también habría de ser cuestionado por Lacan. Todo era descubrimiento, entusiasmo, ideales e imperativos. Pero ni la filosofía ni la literatura pudieron evitar el choque con las cosas del querer. Leer a Freud fue un impacto.

En la dimensión del encuentro se juega, como se suele decir ahora, “un antes y un después”. Antes decíamos: pre-Kehre, aludiendo al primer Heidegger, y post-Kehre para el último - Kehre quiere decir salto, viraje, “conversión”. Algo de eso hay en mi encuentro con el psicoanálisis. Esto por un lado, y también cierta experiencia de fracaso.

Así fue como en ese momento de iniciación la poesía, la literatura y los clásicos fueron el primer lugar donde busqué lo que no sabía que buscaba, luego fue la filosofía, y cuando el mundo de las ideas bellas y puras, mostró su límite, junto con el desengaño del primer amor, aparecieron “Estudios sobre la histeria”; “Sobre la sexualidad femenina”; etc. O sea, apareció Freud y lo agarré al vuelo. Algo cambió.

 

P. ¿Qué destacaría de su recorrido?

R . Equivocaciones y equívocos. Así resumiría en este caso el “hacerse” analista.

Como consecuencia de la dictadura del horror, proseguí al “margen” mi formación, para retornar al mundo institucional en el 84. El hueco de recelo filosófico fue sustituido por la verdad freudiana, y mi recorrido como analizante ya había comenzado. El existencialismo y el estructuralismo circulaban por los grupos de ese momento y, con ellos, Lacan. Cuando empecé a leerlo, sentí que el piso desaparecía bajo mis pies. Masotta estuvo ahí. Con él y con Lacan releí La carta robada. Algo definitivo había pasado; no sabía qué.

Durante la década siguiente me dediqué al discurso universitario, participé en las cátedras I y II de Psicoanálisis, Escuela Francesa, de la Facultad de psicología, y fui miembro de la Sociedad Analítica de Buenos Aires. Fue una época intensa de trabajo, entusiasmo, y que resumiría diciendo “idealista”. Creía que estaba en el mejor de los mundos posibles, pero no era más que una falacia. Cursos, seminarios, supervisiones, todo se originaba en la misma coyuntura.

Lacan nos advierte sobre la obsesión por un saber absoluto. Casi como un pariente de Bouvard y Pécuchet tenía el conocimiento pero no la capacidad de captar “la ocasión” – siempre calva ¡pero con un pelo! Freud decía que en el campo de la ciencia lo esencial no es la exactitud sino la decisión. En síntesis: la cosa hacía agua.

El encuentro con Jacques-Alain Miller, en una inquietante familiaridad, y luego, y por su intervención, con Germán García fue decisivo. La consecuencias inmediatas fueron la presentación de un trabajo en las Jornadas anuales del Centro Descartes que se llamó “Apasionados por la verdad”, la entrada a continuación al Centro Descartes y como miembro a la Escuela de la Orientación Lacaniana. La política del síntoma comenzó a dibujarse en el borde de una experiencia inédita para mí.

Entre el análisis y el control se fue desarmando una identificación orientada a evitar la angustia y la transferencia negativa. Esclava de lo verdadero, esta identificación era sostenida tanto en la presunción como en la depresión.

La recepción de la enseñanza de Lacan bajo la modalidad de los imperativos, oráculos e ideales fueron alimento de una glotonería conocida. Su producto me conducía una y otra vez a “controlar”. Fue bajo el modo del Witz que lo páthico se fue desvaneciendo.

 

P. ¿Cuál es su perspectiva actual dentro del “proyecto Descartes”?

R. Como decía Lacan: tomar las cosas en serio es entender que la gente no es feliz. Al quitar lo patético te queda lo lógico, y lo lógico en psicoanálisis, o la razón desde Freud, es la repetición en tanto nombra lo real. Como participante del módulo Cartografía de la repetición que coordina Germán García, pienso investigar como la lógica y la repetición se anudan en el síntoma.

Kafka tiene un cuento que se llama Prometeo donde dice:

“De Prometeo informan cuatro leyendas. Según la primera, fue amarrado al Cáucaso por haber revelado a los hombres los secretos divinos, y los dioses mandaron águilas a devorar su hígado, perpetuamente renovado.

Según la segunda, Prometeo, aguijoneado por el dolor de los picos

desgarradores, se fue hundiendo en la roca hasta compenetrarse con ella.

Según la tercera, la traición fue olvidada en el curso de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas lo olvidaron, él mismo lo olvidó.

Según la cuarta, se cansaron de esa historia insensata. Se cansaron los dioses, se cansaron las águilas, la herida se cerró de cansancio.

Quedó el inexplicable peñasco.

La leyenda quiere explicar lo inexplicable.

Como nacida de una verdad tiene que volver a lo inexplicable.”

Me parece un relato extraordinario y una buena metáfora de lo que puede ser un análisis. Diferentes modalidades de ir contando “un mito” con un final siempre inexplicable. El libro de Kafka La metamorfosis fue traducido y prologado por Borges. Según me contó Germán García, quien vio una copia del original, parece ser que Borges se dejó sugestionar por los franceses quienes usaron el término metamorfosis para ubicarlo en contigüidad con La metamorfosis de Ovidio. El título es, efectivamente, Die Verwandlung, pero los ingleses también tradujeron The metamorphosis, aunque en alemán existe el sustantivo Metamorphose y también su verbo. Por lo tanto, La metamorfosis debería llamarse La transformación, aunque aparentemente no sea del gusto ni de los franceses, ingleses, ni de Borges. De hecho en el cuento de Kafka no hay tal metamorfosis, pues su protagonista Gregorio Samsa sigue siendo el mismo, a pesar de la... transformación.

 

 
Billinghurst 901 (1174) Ciudad de Buenos Aires. Tel.: 4861-6152 / Fax: 48637574