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Mi Enseñanza
de Jacques Lacan

por Graciela do Pico

El sueño de la razón engendra monstruos.
Capricho 43, Goya

 

En octubre de 2005, Éditions du Seuil publicó en francés, en su colección Champ Freudien, dirigida por Jacques-Alain y Judith Miller, el libro Mon enseignement (Mi enseñanza) de Jacques Lacan, que pertenece a la serie Paradoxes de Lacan(Paradojas) consagrada a inéditos. Este tercer volumen1 contiene tres conferencias cuyo texto ha sido establecido por Jacques-Alain Miller: “Lugar, origen y fin de mi enseñanza”; “Mi enseñanza, su naturaleza y sus fines”, y “Por lo tanto, habrán entendido a Lacan”. Incluye, asimismo, una nota introductoria e indicaciones bio-bibliográficas, ambas de Jacques Alain Miller.

La primera conferencia fue dada en octubre de 1967 en el Centro hospitalario de Vinatier, en Lyon; la segunda, el 20 de abril de 1968 en Bordeaux; y la tercera, el 10 de junio de 1967 en la Facultad de medicina de Strasbourg. Al final de la primera, en el debate, participa el filósofo Henri Maldiney.

El estilo cambia. El tiempo no es el mismo. Lacan está apurado. No estamos ante uno de sus seminarios, donde reina la argumentación, ni frente a los Escritos, donde el gusto pasa por la letra y la lógica de la demostración, aquí se trata de conferencias. Con astucia, ironía y juegos de palabras, Lacan les habla sobre su enseñanza a muchos que no saben nada de psicoanálisis.

Según Miller, cada una de estas conferencias es una operación comando. Lacan se tira en paracaídas. Parte de lo que todo el mundo sabe y de un modo muy coloquial va dejando caer como en cascada conceptos dignos de sorprender al más despabilado: un pensamiento que no se piensa a sí mismo; un inconsciente que es lenguaje; un lenguaje que está sobre el cerebro como una araña; una sexualidad que hace agujero en la verdad; un Otro donde esta verdad se inaugura; un deseo que nace de ahí y que sólo se lo extrae al precio siempre de una pérdida; y la idea de que todas estas paradojas responden a una lógica distinta de lo que se llama “el psiquismo”.

“Al principio, no está el origen, está el lugar”. Lacan abre la puerta de entrada. El psicoanálisis se ocupa de las cosas de “nuestra suerte común”. Cada uno ocupa el lugar donde un acto lo empuja a eso. Repasa el suyo: “Las cosas se remontan al año 1953 […], lo que he dicho ha tenido un cierto alcance. No son cosas que se hacen solas”.

Y comienza, divertido y sarcástico, a desgranar su ritornelo, como él mismo dice. Todo el mundo cree tener una idea de lo que es el psicoanálisis; estamos habituados a él como a una moda terapéutica. El inconsciente se conoce desde siempre, pero para el psicoanálisis el inconsciente es un inconsciente que piensa fuerte, que piensa duro, que piensa mucho: pensamientos inconscientes. He aquí un hecho nuevo que ni la filosofía ni el sentido común han podido asimilar.

Si bien todos saben qué es el psicoanálisis, los psicoanalistas, no, y si creyesen saberlo enseguida “no habría más psicoanálisis”. El psicoanálisis introduce una experiencia única. ¿Qué hace que dure? ¿De dónde extrae su peso, su dignidad? ¿Qué ventaja tiene? La respuesta es sorprendente: se trata de una posición que el psicoanálisis guarda muy bien y que Lacan llamó con el nombre, “que merece: extra-territorial”.

Por aquí y por allá, aparecen, una y otra vez, los psicoanalistas: “No dicen que saben pero lo dan a entender. Saben un pedazo, pero sobre eso, mutis, esa es la regla entre nosotros. Se entra en un campo de saber […] que consiste simplemente en hacerse psicoanalizar. Después, se puede hablar […], eso no quiere decir que se hable. Se podría. Se podría si uno quisiera, y uno lo querría si uno hablase a gente como uno que saben, pero entonces, ¿para qué?” Así las cosas.

Luego empiezan a complicarse. “¿Qué es la verdad? Y bien, “psicoanálisis” es uno de sus términos”. El efecto correlativo: la sorpresa. Inmediatamente se coloca del lado de Poncio Pilato, no de Jesucristo: “Poncio Pilato no tuvo ninguna chance, yo tampoco. Dijo algo fácil de decir: ¿Qué es la verdad? Hizo la pregunta a la Verdad misma. Eso le trajo todo tipo de molestias, y mala reputación”.

Hay que ir paso a paso, afirma. Entonces, “un primer tiempo, el de la verdad. Luego, lo que es dicho de la verdad, o lo que uno cree que ella dice. Luego, el tiempo que ella habla, el psicoanálisis, naturalmente […]. Como decía Max Jacob y como yo lo reproduzco al final de uno de mis escritos, ”lo verdadero es siempre nuevo”. Luego, “hay cosas que han cambiado”. La sexualidad. En pleno período victoriano la sexualidad tenía en la vida de cada uno el peso que ahora tiene en la vida de todos. Se trata de no reiterar lo previsible. Caen mitos consensuados: la obtención del buen equilibrio, la gran economía de fuerza, o sea, el yo, el fuerte yo - necesario para que haya buenos empleados -, y el ideal de una cura, la buena salida para muchos: que un señor gane un poco más de dinero y que en el orden de su vida sexual adjunte a su compañía conyugal la de la secretaria,

Al alcance de la mano está lo que enseña: la sexualidad hace agujero en la verdad, es su aspecto negativo, su ineptitud para revelarse.

Resume: “Mi enseñanza es simplemente el lenguaje, ninguna otra cosa.” Porque hay lenguaje hay verdad: tropiezos de palabras, agujeros en el discurso, retruécanos, equívocos. Se trata de encontrar la palabra que concentre a su alrededor la mayor cantidad de hilos de ese micelio que es donde se centra la gravedad escondida del deseo en juego.

Surge esa metáfora desopilante que tal vez habría que participar a los cognitivistas: El aparato lenguajero es algo que está sobre el cerebro como una araña.

Va colocando sobre el tablero a sus peones: el sujeto, hecho de discurso; el Otro, donde se inaugura la dimensión de la verdad del deseo y su lógica, que no es la del indicativo sino la del optativo o subjuntivo; y lo que se inscribe como consecuencia de la articulación lenguajera en el nivel del Otro: se le pide al Otro su deseo y a la inversa, deinde, neurosis. Da como ejemplo a los religiosos, pero como Dios no existe, se finge que pide una prueba: víctimas.

Tres al hilo. Uno. El fin de la enseñanza no es con drama, pero sí con thélos: “hacer psicoanalistas a la altura de esta función que se llama el sujeto, porque es sólo a partir de este punto de vista que se ve bien de lo que se trata en psicoanálisis”. Dos. La transferencia no es sin el après-coup: funda la verdad de lo que precede. Tres. Una necesidad: que el analista no sea simplemente un psiquiatra, que sepa qué se hace, no la empiria, sino la lógica. “Quizás vendrá un tiempo en que se darán cuenta que ser psicoanalista puede ser un lugar en la sociedad. Tendrá lugar, estoy seguro, si en el presente no sigue despistado en su pequeña boutique de malicia”.

Invitado por un cierto número de internos del Hospital Psiquiátrico Charles Pernees acude a la cita en Bordeaux, porque fue invitado a participar de un coloquio. Más que el diálogo, “una de las pretensiones más enormes de nuestra época”, donde todos parecen hacer pareja, prefiere el “coloquio” donde nada se pretende. Comienza presentando sus Escritos. “Lo que enseño ha hecho un cierto ruido. […] No creo haberme repetido demasiado. Estoy suficientemente seguro, pues me di como regla, como imperativo, no volver a decir las mismas cosas”. (pág. 79)

Le hablaba a gente interesada directamente, a psicoanalistas. Lo que decía concernía a su experiencia más directa, más cotidiana, más urgente, “era expresamente hecho para ellos, nunca fue hecho para ningún otro”.

Sin embargo tenía la convicción de que sus Escritos también podía interesar a otros que no tuviesen nada que ver con el psicoanálisis. “Leer lo que escribí tiene un efecto, interesa. […] Interesa a personas que tienen algo que hacer, algo que no es cómodo de hacer.”

No son de consumo masivo, pero preconiza que ya otros harán que lo sean al precio de que un buen número de ideas sean desprovistas de sus aristas. La evacuación de la mierda, la prodigiosa analogía entre la cultura y los basurales, los vertederos. La historia. La filosofía y la historia del pensamiento. ¿Para qué se piensa? Aristóteles y los sofistas: su lógica, su eficacia.

Comienza el despliegue del sujeto-supuesto-saber. El trabajo de los filósofos nos había hecho suponer que el pensamiento es un acto transparente a sí mismo, que un pensamiento que se sabe pensar es la esencia del pensamiento. Nada de esto está puesto en juego en la experiencia que nos incumbe. Eso piensa en un nivel donde eso no se sabe para nada como pensamiento.

Y se detiene: el psicoanálisis, una posibilidad de volver a empezar. Y así lo hace. Tres cosas en Freud: eso sueña, eso falla, eso ríe; el sueño absurdo, el lapsus ridículo, y el Witz que nos hace reír sin saber por qué.

Finalmente, en la Facultad de medicina de Strasbourg promulga que no ha repetido ningún seminario - es su regla, ya lo dijo -. Por eso tal vez termina señalando cuán irrisoria le resulta la voracidad con la que algunos que escuchan lo que enseña se arrojen sobre sus fórmulas para hacer articulitos, para engalanarse con sus plumas. Se trata, por el contrario, de que el analista conquiste la exacta situación de despojamiento, a saber que es un hombre entre otros, dependiente tanto del deseo del Otro como de su palabra.

Ante tanta vulgarización a la que asistimos de esta enseñanza, estamos un poco lejos del punto de partida de Lacan y lejos tal vez de su imperativo – si es que habría que estar cerca. Pero, como dice Macedonio Fernández en Aniversario de Recienvenido, no impacientemos al tiempo, adelantando algún acontecimiento.

1 Los anteriores fueron, el primero, El triunfo de la religión, Discurso a los católicos y, el segundo, Los Nombres del Padre, Paidós, Buenos Aires, 2005.

 

 
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